jueves, 6 de agosto de 2009

Comentario del profe Héctor de Bethencourt a la primera parte del libro

-->- OPINION  NO  OFICIAL resumen
En un lenguaje sencillo, ameno y claro, nos entrega Guillermo Bernengo un libro de 87 páginas titulado "¿Qué queda del genoma humano y para qué?" No es un sesudo, hermético y denso estudio respecto al genoma humano como pudiera pensar una persona desprevenida. Desde las primeras páginas el lector se da cuenta de que el asunto no va por allí. Nos introduce en el nacimiento de la especie humana, su característica única de poseer el pulgar oponible y nos hace recordar a Prometeo cuando se refiere a las reflexiones que nos puede producir el fuego en la parrilla o la estufa del hogar y “el hecho central en la vida de la especie humana”, generador, entre otras importantes cosas de que “Allí aprendimos a interpretar las estrellas.” Recordemos que gracias a ellas el ser humano comenzó a determinar el tiempo horario.

En el capítulo acerca del dimorfismo sexual estudia la distribución histórica de áreas de actividad entre el macho y la hembra humana. El capítulo está muy bien logrado y ya vislumbramos la capacidad de tratar el tema con cierto gracejo ácido cuando escribe:”…

No creo que deban ser clasificados como “diferencias secundarias” aquellas que no brillen en un libro de zoología,”

El autor se introduce en un estudio clínico del poder y nos alerta, lo que muchos no se han detenido a analizar, que constituye una temible patología, sobre todo por las consecuencias que emanan desde el poderoso. Nos muestra qué es la droga del poder, la mal llamada autoridad, que no es lo mismo que el liderazgo. A partir de aquí ya campea un fino humor irónico que se mantendrá en toda la obra. Se dedica a estudiar demoledoramente la tarea administrativa como escalafón para satisfacer el ansia de poder. A muchos lectores, entre los que me incluyo, nos enseña a organizar el rompecabezas del cerebro humano, que no termina por unir totalmente las piezas de su conocimiento, a efectos de comprender mejor la interrelación de los hechos generados por el homo sapiens. Es muy acertado el novedoso análisis de la relación entre los preceptos religiosos que olvidaron condenar el deseo de poder. Aunque a mi entender trata con demasiada benevolencia a los grupos religiosos que tanto mal han hecho a la humanidad.

Es tremendamente difícil resolver el problema del poder, esa enfermedad que es producto de la droga más terrible de todas las que existen porque la genera el propio cerebro humano. La frase de Artigas, que el autor inserta respecto a ese tema, “Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana” sería el único antídoto contra tan terrible adicción si es que el ser humano alguna vez se decide a aplicarlo.

La existencia de la escala zoológica, la evolución del hombre (perdón, y de la mujer)  el desarrollo de la inteligencia, el descubrimiento del valor del fuego, las nuevas herramientas y capacidades de vital importancia que logró el ser humano en el decurso de los tiempos, están plasmados en forma brillante en el capítulo titulado “Bases materiales de la conducta”, aunque creo que exagera un poco cuando le da posibilidades mágicas a algún ser sobrenatural como cuando sostiene “O la evolución encontró herramientas nuevas e idóneas para las nuevas capacidades del comportamiento , o la divinidad fue el primer programador por módulos reutilizables” .

Y llegamos a “El alma y el cerebro” y su idea de que si existe el alma (la inmortalidad de la misma está elegantemente obviada por el autor) tiene que estar en el cerebro. El rechazo de plano acerca de los divagues de la intervención de espíritus, ovnis y otras “yerbas” y la conclusión científica de que el alma no puede estar en el corazón, descolocan a los cándidos humanos que aún podrían pensar como “los poetas del siglo XIX” que el alma moraba en nuestra bombeadora de sangre. Nos hace pensar el autor que si una persona sobrevive a un transplante de corazón pasaría a ser un desalmado. Otra cosa es el cerebro, aunque se me ocurre que si en el futuro se pudiera realizar transplante de alguna parte del mismo los cirujanos tendrían que tener muchas precauciones de no tocar la zona de la cual podría estar viviendo el alma del sujeto.

Nos plantea luego Bernengo la duda de si la identidad está radicada en el cerebro y ello desencadena al lector, algunos más otros menos, una serie de preguntas que pueden desembocar en que pueda no existir vida en el más allá, que preconizan aquellos que, a través de esperanzas y sueños, creen que existe una “post guerra” para el ser.

En el capítulo acerca del “Racismo y otras xenofobias” nos pasea por la antigüedad, fundamentalmente Egipto, para hacernos comprender que siempre cuando dos culturas se fusionan es el resultado de la dominación del más fuerte sobre el más débil. El racismo es patrimonio de la humanidad y si bien ahora algunos blancos, demasiados, desprecian a los negros, fueron a su vez considerados seres inferiores por los negros. Lo mismo acaece con indígenas y todo aquél que no sea como uno, mas concretamente que no tenga la piel como uno. Es lo que Bernengo llama aversión a lo diferente.

“Si no eres convocado por tu instinto adverso a los diferentes, los abuelos…acudirán a recordarte los tiempos distantes” por lo que “La educación de la sociedad también supo impartir a sus aprendices más de una xenofobia, y así nos fue”.

En el capítulo acerca del “No, una exclusividad que nos define”, nos involucra a todos aunque es imposible decirle No a nuestras necesidades biológicas, aunque “hay muchos cosas a las que hemos logrado decir no”. El análisis acerca de las tareas de afamados laboratorios químicos que buscan salvar vidas y a la vez “dedican más cantidad de espacio para perfeccionar la forma de exterminar la vida en forma más efectiva”, nos hace ver que somos expertos en destruir todo tipo de vida si ello nos da poder económico. Pero al final nos deja planeando una esperanza acerca de que el No “ha acelerado los cambios del planeta en forma sorprendente”.

A partir del capítulo “A modo de primeras conclusiones” nos introduce en la definición de la antropología y concluye en un esperanzador mensaje de que los humanos no destruiremos el mundo. ¡Ojalá sea cierto!


                      ¡GRACIAS HÉCTOR!


Profesor Héctor de Bethencourt. 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Una sola palabra: BRILLANTE!!!
Felicitaciones. Mi querido amigo me encantó el libro, gracias
Pero me plantea cómo dominar mis ansias de poder y sumarme a tu creencia que nuestra especie no sea la causa principal de la destrucción.
Claro una manera de pensar así, es sin lugar a dudas de que existan más seres humanos con tu gen
Besos y nuevamente gracias
Mariela

Guillermo Bernengo dijo...

Muchas gracias Don Héctor.
Un honor realmente contar con su opinión.

Guillermo Bernengo dijo...

Muchas gracias por tu comentario Mariela, Cuando enviaba las correcciones para la 3º tanda de impresión, releí el libro buscando ¿en qué parte decía que el hombre no es la causa principal de la extinción del planeta? y no, no la encontré, solo expresé una inocente esperanza de que al fin no lo hagamos.
Desde aquí mucha suerte colega